QUE TODOS SIGNIFIQUE TODOS: LA LECTURA Y LA INCLUSION SOCIAL.

Ibby México ( http://www.ibbymexico.org.mx/es una organización a nivel mundial que promueve la lectura en los niños y jóvenes sin exclusión. En el mes de Septiembre realizó un congreso internacional en la Cd. de México donde Alicia Molina presentó esta ponencia sobre la importancia de la lectura y la inclusión socia. Alicia es una escritora de cuentos infantiles, madre de tres hijos (Ana una joven con discapacidad) y orgullosa abuela. Ella comparte con nosotros su conferencia que bien merece la pena analizar y sobre todo, hacer vida. 


“Que todos signifique todos” es el lema de nuestro congreso. Se eligió para evidenciar que en nuestras sociedades todos no siempre significa todos, por lo menos, no para todos. Si queremos salir de este galimatías, la primera cuestión sería explorar cuál es el significado del término, que viene del latín totus para denotar que hablamos de la totalidad, de la tribu de tribus. Me gusta particularmente la acepción en inglés, “everybody”, literalmente cada cuerpo, porque alude a que para integrar el todo, cuenta cada persona.


  Una de las necesidades básicas del ser humano es la de ser reconocido como parte de su comunidad, de sus próximos, de sus prójimos. La experiencia fundante de pertenecer de raíz, esto es, orgánicamente. No un mero estar allí, sino una participación real, activa y natural que se nutre del grupo y contribuye con sus aportaciones a crear y fortalecer la comunidad. A partir de esa vivencia el ser humano define su identidad. Sin embargo, muy fácilmente el “todos” se fragmenta y se divide separándonos en “nosotros” y “los otros”.

 Este ir y venir de la unidad a la fragmentación es una dinámica constante. A veces percibimos al otro como eso ajeno que nos amenaza y nos atemoriza. Entonces defendemos y afirmamos nuestra identidad negándolo o ignorándolo como si el hecho de reconocerlo supusiera una suerte de infidelidad o de traición al grupo. También hay situaciones en las que con la intención de integrarlo le imponemos una identidad y unos valores que son los nuestros, obligándole a negarse a sí mismo, a esconder la diferencia, a avergonzarse de ella. 

En la enorme aldea global la interacción de culturas da lugar a un roce constante, donde las identidades se viven frecuentemente amenazadas. Javier Melloni nos dice: “cada individuo tiene y cultiva diversas pertenencias porque construye diferentes vínculos: la etnia, la nacionalidad, la comunidad lingüística, el género, la confesión religiosa, la clase social, la profesión, incluso la afición. Cuando uno de estos vínculos se ve amenazado, tendemos a defenderlo absolutizándolo, cuando se reduce la identidad a una sola pertenencia, la visión del mundo se distorsiona creando un nosotros contra los otros”

 La construcción de una cultura plural requiere la transformación que nos lleve a la plena aceptación de la diversidad y la reciprocidad. Octavio Paz nos invita a dar ese salto: “En una sociedad realmente libre ––nos dice– lo importante sería el cultivo de las diferencias pues aquello que nos distingue es aquello que nos une”. Entonces el diferente ya no es el enemigo a vencer, sino el portador de una perspectiva nueva, que devela un ángulo de la realidad que complementa al mío. Si es verdad que los seres humanos estamos llamados a descubrir juntos el misterio de lo real, la diferencia resulta una riqueza imprescindible porque nos hace complementarios y es el punto nodal para pasar de la competencia a la cooperación. La otredad me libera de quedar encerrado y sin crecer, atrapado en mi propia visión del mundo. La reciprocidad y el encuentro se fundan en la conciencia ineludible de que yo también soy el otro para el otro.

 El reto es cultivar la riqueza de la diversidad, respetando las especificidades de cada uno y profundizar el sentido de la pertenencia a un nosotros mucho más amplio. El puente es la palabra, y la calidad del diálogo depende de nuestra disposición a acoger al otro. El primer paso en el camino de la inclusión es el reconocimiento de que hemos excluido a alguien. Esto, que parecería una perogrullada, no lo es. En realidad, negamos con mucho tesón las evidencias de exclusión. Cuando apartamos, discriminamos y anulamos, desviamos la mirada para no ver lo que hacemos“Perdón, no te ví”, decimos. cuando atropellamos a alguien y es que, en realidad, el mecanismo más efectivo de exclusión es hacer invisible al otro. 

No se requiere, como en los cuentos de hadas, de una varita mágica. Basta educar a nuestros niños para que no vean, así cuando observan con curiosidad a alguien que es diferente los reconvenimos: -No lo mires, sentenciamos, es de mala educación. Con este comentario transformamos su abierta y natural curiosidad en una mirada oblicua, de reojo, cargada de recelo y desconfianza. (¿Qué siente el que es esquivado? A mí me lo revelaron las preguntas de mi hija Ana cuando tenía siete años 



¿Por qué es malo verme? ¿También es mala educación si yo lo veo? )





 El concepto de normalidad no está en la naturaleza, es un constructo cuya definición resulta difícil y controvertida. Se origina en la segunda mitad del siglo XIX y nace con la estadística y con la obsesión de contar y comparar.  Nos olvidamos de lo evidente, nos olvidamos de que cada quien es para sí mismo el 100%, la verdadera referencia. (Aquí quiero contarles una anécdota personal: Cuando Ana iba a la primaria tenía un compañero con una parálisis cerebral mucho más severa que la de ella. No podía hablar y se comunicaba con los ojos. Yo, de una forma simplista y tonta, como para quitarle importancia a la discapacidad de mi hija, comenté que la de Jorge si era muuuy grave. Ana me contestó con una frase que me marcó: 



Ma, no entiendes nada. Si no lo comparas, Jorge es perfecto. 





Pero volvamos al concepto de lo normal. Lo que queda fuera de la curva abstracta, sale de la norma, se le pone la etiqueta de anormal y se le aparta para ser tratado de manera especial y por especialistas. Hemos conseguido pintar nuestra raya. Eran más sabios los griegos que hablaban de ideal.

Finalmente, las personas excluidas también están frecuentemente ausentes en las estadísticas. Su invisibilidad nos hace preguntarnos poco por ellas. Pero todos estos estigmas que separan, agreden, aíslan, cumplen con rigor y a profundidad su cometido cuando se logra que sea la misma persona excluida quien internalice el estigma y se lo apropie. Que sea ella misma quien diga: yo no puedo, yo no quiero, yo no pertenezco. Hoy estamos reunidos porque queremos pertenecer y queremos que todos pertenezcan, que todos sean todos.

Estamos en este Congreso porque la sociedad que deseamos es una sociedad incluyente, esto es, una verdadera comunidad que construya espacios sociales que respondan a la diversidad y ofrezca a todos la experiencia de convivir de forma cooperativa, solidaria y respetuosa, en contextos en los que la heterogeneidad del grupo no sea una limitación sino una riqueza valorada por todos. Comunicarnos es una aventura a la que estamos llamados los seres humanos para colaborar a construir el mundo y hacer de él un lugar donde crecer juntos.

Leer y escribir hace más profunda y amplia esa experiencia. Nos permite entender y modificar la realidad y, también nutrir y compartir nuestros sueños. Nos permite ir encontrando a nuestros pares, a la familia que escogemos más allá del tiempo y del espacio. Emprender el camino de la inclusión no es una decisión tan fácil, requiere una transformación interna. Es indispensable que cada uno identifique y reconozca, con una mirada honesta, sincera, las rutas, a veces obvias, otras veces sutiles, que ha utilizado para discriminar y hacer a un lado a los otros. Los mecanismos y estrategias de inclusión consisten en identificar y revertir los mismísimos procesos de exclusión.

 Una de las estrategias de marginación más eficientes ha sido el negar, deliberadamente o no, el acceso a la cultura escrita a determinados grupos sociales. 
Daniel Goldin señala que “no saber leer y escribir te condena a la exclusión, a ser un objeto y no poder jugar el rol de sujeto porque hay una gran cantidad de interacciones sociales que se ejecutan a través de la lectura y la escritura”.

 “Leyendo y escribiendo nos apropiamos del lenguaje y lo empezamos a usar para hacer cosas personales, privadas, públicas.- dice Goldin– 




Aprendemos a definir y negociar con la realidad, a crearla y a recrearla, a utilizar herramientas muy generosas para explorarla y participar en ella.




Aprendemos a estar con los otros y con nosotros. A negociar quién es cada uno al interior de ese nosotros y lo que constituye ese nosotros. Definimos el todo y nos definimos frente a él”. El escritor de ciencia ficción Neil Gaiman cuenta una anécdota muy ilustrativa: dice que estando en Nueva York escuchó una conferencia sobre las previsiones que se estaban tomando para la construcción de instalaciones carcelarias; necesitaban un indicador que les permitiera estimar cuál debería ser el crecimiento necesario a mediano plazo. ¿Cuántos prisioneros se espera que habrá en 15 años?, era la pregunta. La predicción que requerían la hicieron a partir de un algoritmo simple: Preguntándose cuál es el porcentaje de niños entre 10 y 11 años que no saben leer y, desde luego, no disfrutan la lectura.

 Esta debería ser para todas nuestras sociedades una importante señal de alerta que nos llevara a actuar para que ningún niño, sin importar sus condiciones o sus retos, se quede sin acceder a la lectura. Como en este Congreso se hablará ampliamente de las bondades de la lectura, para no mitificarla es necesario aclarar que leer no nos hace mejores personas, sólo nos abre a otros mundos y a otras experiencias, ampliando nuestra posibilidad de elegir. Y eso puede hacer una gran diferencia.

Sin embargo, aprender a leer y escribir no es suficiente para ser un lector. Es necesario descubrir el placer, atreverse a emprender la aventura que aguarda en cada texto, desarrollar y nutrir nuestra inteligencia narrativa, esto es, asumir que somos puro cuento.
Nuestra vida está hecha de contárnosla unos a otros. Para comprender la realidad y darle sentido, nos la platicamos a nosotros mismos, la compartimos con los demás, la hacemos y la rehacemos. Los seres humanos organizamos nuestra experiencia, construimos nuestra identidad personal e incorporamos la cultura a nuestra vida, a través de la narración, oral o escrita. 

 Si las palabras dan nombre a las cosas es la narración la que nos permite ordenarlas, interpretar la relación entre actores y acciones, vincular pasado, presente y posible, ensayar la búsqueda de significados. Tanto es así, que la alegría que nos desborda, el miedo que nos atenaza, el pánico de pesadilla, nos desorganizan interiormente y decimos que son “inenarrables”. Nuestra experiencia inmediata, lo que sucedió ayer o el día anterior, está enmarcada en el relato; con él representamos nuestras vidas y las de otros. 


 En el libro La educación, puerta de la cultura, Jerome Brunner comenta que “la producción de historias, la narración, es necesaria para que el niño construya un modo de pensar y de sentir en el que se apoye para crear una versión del mundo en la que, psicológicamente, pueda buscarse un sitio a sí mismo, un mundo personal. Según este importante pedagogo hay dos formas en las que los seres humanos organizamos y gestionamos nuestro conocimiento del mundo y estructuramos incluso nuestra experiencia inmediata: una parece más especializada para tratar con las cosas físicas, la otra para tratar con la gente y sus situaciones. Estas se conocen convencionalmente como pensamiento lógico científico y pensamiento narrativo. 

 Todas las personas, todos los días contamos historias. Todos los días, otros nos cuentan su versión de las historias que vivimos, y así aprendemos que hay puntos de vista, modos diferentes de organizar las experiencias que compartimos, de manera que tejiendo historias construimos nuestra visión del mundo. Contamos para comunicar pero, también, para comprender. Contamos para el otro, pero también para nosotros mismos.  Los libros hacen posible que ampliemos nuestro mundo, que nos dejemos interpelar por historias diferentes y en cierto sentido iguales a las nuestras, por otros sentimientos y percepciones de la realidad, por sueños y fantasías distintos. 

Este contacto, este proceso dialógico y discursivo, fortalece la construcción de nuestro propio yo, y nos abre al encuentro con los demás. La literatura es la forma más profunda que el ser humano ha inventado para ponerse en los zapatos del otro, para meterse en su piel, para respirar y sentir con él. Los niños necesitan una gran variedad de libros que les permitan entrar de lleno en un mundo rico en  historias, libros en formatos adecuados a sus condiciones específicas, libros en su propia lengua, libros bilingües, en soportes como el braille para los que no ven, los libros narrados en lengua de señas para quienes no oyen, libros de lectura simplificada para los que tienen discapacidad intelectual, libros sobre los temas y en los estilos más variados. 

Los niños requieren la mediación y el acompañamiento de otros lectores que trasmitan el entusiasmo, el gozo, ese virus que llega por pasadizos secretos y contagia la pasión por la lectura. Son indispensables los libros de ficción, la literatura que narra mundos y experiencias vicarias, porque, como dice Octavio Paz, “la experiencia de la literatura es, esencialmente, la experiencia del otro: la experiencia del otro que somos, la experiencia del otro que son los otros…” Y, sin embargo, muchos de esos otros no están en la literatura, su experiencia no cuenta, no se cuenta. También para la literatura parecen ser invisibles. Los que han sido excluidos, cuando por fin llegan a los libros no se encuentran en ellos. El no hallar la propia experiencia reflejada en las historias que leemos es de alguna manera no formar parte del universo cultural, del imaginario colectivo. Lo que no se nombra, no se ve ni se entiende. 

También es posible que estén reflejados como el hombre undimensional. Así el sordo sólo será sordo, como si ese fuera el único atributo que le corresponde. El negro estará allí para hacer “de negro”, el homosexual sólo por su opción sexual, como si esa característica totalizara al individuo. La diferencia entonces separa y excluye pues se borra toda posibilidad de puntos de encuentro. 

Quienes escribimos hoy tenemos un desafío enfrente, el de hacer visibles a los hasta hoy invisibles. Pero cómo hacerlo si no estamos en contacto con ellos, si no son parte de nuestra realidad. El primer reto es aprender a ver, comprometernos con la inclusión no como el enunciado de un deber ser políticamente correcto, guiado por un voluntarismo simple, sino como el resultado de una mirada más profunda, diversa y rica sobre nuestro mundo.



 Quienes promueven la lectura hoy están llamados a hacer accesible la experiencia de leer por placer a un “todos” cada vez más amplio. Hay que ensanchar las puertas, llamar a cada uno, diversificar los lenguajes, las estrategias. Cuando la experiencia de la lectura es rica y profunda, cuando descubrimos que una obra es un mundo habitable y no queremos salir de él, empezamos a sentir la necesidad de contar para nosotros y para los demás nuestras propias historias. Eso es lo que necesitamos, dar el salto de la lectura a la escritura para encontrar nuevas voces que narren su experiencia en primera persona, generando una gama de historias más amplia y compleja, más rica y diversa. 

Chimamanda Adichie , en una conferencia que se ha difundido ampliamente, nos explica cómo se simplifica y aplana el mundo cuando tenemos una sola historia, una sola versión de la realidad, que se va petrificando con la rigidez de un esquema. El problema con los estereotipos, –nos dice– no es sólo que sean falsos, sino que son incompletos. Logran que una historia particular se convierta en la única historia. La sociedad incluyente que queremos construir debe cimentarse en el derecho de cada uno de elegir, definir y contar, para sí mismo y para los otros, su propia historia; debe abrirnos espacios para urdir, para integrar las historias que hacemos juntos, las que definen los contornos de ese nuevo y amplísimo todos. Discurriendo juntos descubriremos una gran cantidad de cosas sobre el mundo y sobre nosotros mismos. 



Nunca sabremos si aprendemos a narrar viviendo o aprendemos a vivir narrando. Probablemente son las dos cosas.