¿Integración o Inclusión Educativa?

Hace un año acepté el gran reto de coordinar los programas de inclusión en la Comunidad Educativa Montessori A.C (Cemac)

Ahí es donde acuden niños con discapacidad intelectual, un alumno con sordera en secundaria, alumnos con trastorno generalizado del desarrollo y alumnos regulares, desde preescolar hasta preparatoria. Fue un aprendizaje enorme y con la distancia que da el tiempo de vacaciones, quiero compartir aquí algunas de los aprendizajes de esta realidad, agradeciendo a todo el equipo de trabajo con quien compartí este ciclo escolar que termina.



1.      Del dicho al hecho…hay un gran trecho.  

Cada cabeza es un mundo, dice el refrán y cada escuela también. Cuando llegué al inicio de ciclo 2014, tenia  muy clara la ruta a seguir

·         Evaluación diagnóstica de los alumnos con discapacidad, involucrando a los padres de familia y terapeutas externos.

·         Sensibilización con padres, maestros, alumnos regulares.

·         Elaboración de programas educativos individuales y programas grupales.

·         Seguimiento, evaluaciones bimestrales.

·         Capacitación a los docentes según las necesidades.

Y con esta ruta ir avanzando en el ciclo escolar. Es verdad que muchos de estos procesos se hicieron y se adaptaron. La realidad de la escuela es única, y hubo que bajar de las ideas preestablecidas a la lectura de la realidad. Si bien analizar para evaluar es un trabajo muy importante, para después fijar la ruta a seguir en el camino a la inclusión, la flexibilidad y la tolerancia a la frustración son dos herramientas indispensables para no estigmatizar o paralizar el proceso, respetando los tiempos de los docentes y de la institución misma. Y, al mismo tiempo, dar el lugar a los padres de los niños con discapacidad, dar lugar a la esperanza, al diálogo y a la construcción de un proyecto común llamado comunidad educativa. Como bien dice un refrán francés.
"Si quieres llegar rápido ve solo…si quieres llegar acompañado, aprende a esperar."

2.      No es lo mismo inclusión que integración.

Aun cuando se habla mucho del cambio de paradigma en las escuelas, del dicho al hecho hay un buen trecho. El proceso de integración se centra en el niño, en su programa educativo individual de acuerdo a su discapacidad, en su nivel de competencia curricular, sus fortalezas y sus retos. Una vez aclarados los objetivos a trabajar, se buscan los apoyos, los mejores para ello.
El proceso de la inclusión se centra en la escuela, en el contexto, en la diversidad del alumnado. Es un proceso mucho más enriquecedor y también más complejo y más completo. 
Requiere un alto nivel de compromiso por parte de la dirección de la escuela para trabajar en
todo el entorno escolar, y capacitar a todo el personal. No son niños “especiales” para maestros “especiales. Son niños de la escuela. 
Y además tienen retos específicos como lo tienen los alumnos sobresalientes, los que tienen dificultades emocionales o de conducta. 
Por ello, es importante, como dice la directora, “rayar la cancha” desde el principio, saber dónde estamos, que podemos ofrecer realmente que podamos cumplir y llamar a las cosas por su nombre. Resumiendo lo anterior, cuando un niño con discapacidad está en una escuela y todo el proceso educativo corre a cargo de las maestras especialistas o de la  maestra monitora, (pagada por la familia) con muy poca participación de la maestra de grupo en cuando a los contenidos y los apoyos, es un proceso de integración. 

Cuando en el proceso se involucra en las decisiones la dirección,  los profesores regulares y especiales en un trabajo en equipo, con buena comunicación con la familia y los apoyos externos, y este es un proceso que va encaminado a la transformación de la comunidad educativa para atender la diversidad de todo el alumnado, es un proceso de inclusión educativa. 


3.      Aclarar expectativas en tiempo y forma  y ajustarlas  para mantener una relación constructiva entre familia y escuela.

Si la comunicación es clave para cualquier tipo de relación humana, en el caso de alumnos con discapacidad es vital.  Son pocos los años de la infancia, los ciclos escolares que tenemos a nuestro alcance para alcanzar las metas esperadas. Y todos como padres, queremos  tener hijos que desarrollen todo su potencial.
 Los padres de niños con discapacidad, además, tienen el factor tiempo, como un minutero que marca cada ciclo escolar la alarma de que ese niño se hará adulto  y necesita aprender a valerse por si mismo lo mejor posible, no solo para no ser una “carga” para los hermanos o la familia cuando ellos no estén o no puedan acompañarlo, sino para que pertenezca a un grupo laboral, social, para que tenga una vida de calidad

El binomio escuela-familia es vital en la vida de un niño y adolescente con discapacidad. Ahí es donde pasa casi toda su vida, entre la casa y la escuela. Las terapias y profesionistas de apoyo somos una bisagra importante que facilita este recorrido, sin embargo en cuestión de tiempo somos  itinerantes. 

Tenemos un ciclo de vida corto en el proceso de desarrollo integral, la escuela, no. La escuela dura 3 a 4  años el preescolar, 6 a 8 años la primaria y es un ciclo que marca.  



Una experiencia que me enseñó mucho fue cambiar de método de lectura a un alumno con síndrome de Down de 4º de primaria.
 Después de evaluar sus habilidades y dificultades, se tomó. Sin embargo, la familia no estaba convencida y siguieron con el método anterior.
Como escuela, no podemos encerrarnos en una orden, necesitamos evidencias concretas que permitan cambiar el punto de vista de los padres, salir de la zona de confort de lo ya conocido  y evaluar resultados a corto plazo (un mes) para ir monitoreando avances y dificultades.  Después de las vacaciones de navidad, no me tomé el tiempo necesario para evaluar mensualmente el proceso de este alumno y comunicarlo a los padres. Me esperé hasta hacer un reporte trimestral y el resultado fue una suma de frustraciones acumuladas en el segundo semestre, que rompieron ese nivel de confianza en la capacidad de los docentes y de la escuela para que el niño avanzara en su proceso. 

4.      Evaluar permite sistematizar.

Evaluar nuestros procesos, los pequeños y los grandes, implica tener claros los programas educativos individuales  y grupales.

¿Qué evaluar?

 Lo que planeamos hacer, los resultados obtenidos.

¿Cómo evaluar?

A cada objetivo necesitamos ponerle medios para alcanzarlo, responder a las preguntas

-          ¿Cómo lo vamos a lograr?

-          ¿Cuándo lo vamos a aplicar?

-          ¿En cuánto tiempo lo vamos a  alcanzar?

Responder al qué, cómo y cuándo permite tener más objetividad en cuanto al alcance y responsabilidad de nuestras acciones. Y la sistematización nace de estas acciones que no se improvisan, que se planean, se diseñan, se depuran, se evalúan por los actores participantes y están listas para ser reproducidas nuevamente. Este fue un gran logro del trabajo de equipo en cada nivel educativo.  En primaria logramos sistematizar la planificación de los programas educativos individuales.


En secundaria, se sistematizó la planeación grupal de las materias con ajustes curriculares y en el taller de vida independiente se sistematizó una currícula diferenciada para cada alumno en cuanto a sus niveles de lectura y escritura, tanto con método global como con método fonético gestual;  en matemáticas con metodología Montessori y regletas Coussinaire. Todos estos logros marcan rutas para continuar en el camino

5.      Capacitación y mas capacitación

Después de haber trabajado en programas de inclusión en preescolar, primaria, secundaria y bachillerato y apoyado procesos como asesora externa durante 15 años, me queda claro que el pilar de una inclusión educativa es la capacitación.
¿Por qué?
En nuestra cultura, aun prevalece el paradigma de que la discapacidad es igual a enfermedad, a minusvalía, a desesperanza. 
No es que tengamos que hacer una fiesta cada vez que llega un niño con discapacidad a la escuela regular, aunque si es todo un acontecimiento de alegría compartida cada uno de sus logros, de sus avances y de los AVANCES  de la micro sociedad llamada escuela acepta el reto de la inclusión. Nadie dijo que fuera fácil.

¿Qué hago con este niño que NO se mueve igual a los otros, que NO puede razonar igual, que NO avanza de acuerdo al grupo?



Es una pregunta genuina, es una angustia para un docente, para una directora de escuela, para una familia, cargada de angustia en muchas ocasiones porque no ven que pase algo bueno. Algo que indique que ese niño o niña aprende a ser más independiente, a comunicarse mejor, a colaborar en proyectos comunes, que avanza en la lectura, la escritura, las matemáticas. Y las habilidades socio-emocionales.

La respuesta a esta pregunta está en la capacitación. Desde entender la discapacidad de ese alumno (saber qué es el síndrome de Down, qué es el Autismo) hasta comprender la individualidad de cada alumno con todo su bagaje de fortalezas, retos  posibilidades,  pasa por la capacitación.

Nuevos métodos, nuevas estrategias, incorporar la tecnología, búsqueda de avances y nuevas posibilidades en terapia de lenguaje 

como el método Prompt y Geminis. Todo ello pasa por la capacitación.

Sin embargo, el primer escalón de este edificio llamado inclusión pasa por el cambio de paradigma:

La discapacidad no es una enfermedad, es una condición, es parte de la naturaleza humana y es un reto enorme de aprendizaje para todos los alumnos y maestros de cualquier escuela.

 Cambiar este paradigma da la base y mirada adecuada para avanzar en todos los demás.
Que este nuevo ciclo les encuentre motivados para seguir en el intento cotidiano.



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